Hace apenas tres meses que celebrábamos dos importantes noticias referentes al petróleo de arenas bituminosas de Alberta (provincia de Canadá). Por un lado el veto presidencial de Obama a la construcción del oleoducto Keystone XL, que atravesando EEUU pretendía transportar el crudo hasta el Golfo de México. Y por otro, el establecimiento de un límite máximo de barriles extraíbles por cuestiones climáticas, anunciado por la nueva gobernadora de Alberta, como una de las medidas estrella del plan para luchar contra el calentamiento global de la provincia. Ambas decisiones políticas son el resultado de años movilización, en la que el movimiento ecologista ha desarrollado un papel principal.



Por poner en antecedentes, recordemos que en Alberta se encuentran las mayores reservas de petróleo de arenas bituminosas del mundo. Las únicas además que se están explotando en la actualidad y que las inversiones realizadas por distintas multinacionales vinculadas al petróleo han sido enormes.

Sin embargo este petróleo tiene unos enormes impactos ambientales, muy superiores a los que ya conocemos del petróleo convencional. Desde la deforestación de los bosques boreales bajo los que se encuentra, a la generación de ingentes cantidades de residuos tóxicos líquidos y sólidos, pasando por la contaminación del aire y de los acuíferos, a generar unas emisiones de gases de efecto invernadero un 23% superiores a las del petróleo convencional.

Mantener su explotación y comercialización significa continuar inyectando combustibles fósiles más contaminantes al sistema socioeconómico, lo que supone malgastar los recursos disponibles y el escaso tiempo que nos resta en acometer la transición hacia modelos basados en energías limpias que eviten que el aumento de temperatura global rebase el umbral de seguridad de 1,5 ºC establecido por los científicos y acordado en la última Cumbre Climática de París por todos los países el mundo. Por esta razón, su explotación constituye una seria amenaza para el ser humano y el planeta.

Sin embargo, su futuro afortunadamente, parece ser cada vez más negro.

Para que su explotación resulte económicamente viable, y poder así contentar a los inversores, el petróleo de arenas bituminosas necesita alcanzar los mercados europeos o asiáticos, lo que requiere disponer de una vía de transporte hasta alguno de los puertos americanos dotados con refinerías. La primera opción era el Golfo de México, pero ésta quedó descartada tras el veto presidencial de Obama. Así que los nuevos objetivos de las petroleras son la costa Este y/o Oeste de Canadá, para lo que pretenden construir dos oleoductos diferentes. Ambos proyectos contaban con el beneplácito del anterior Gobierno de Canadá, en manos de los conservadores, pero se encuentran con una tenaz resistencia tanto de los Pueblos Originarios, cómo del movimiento ecologista y de una parte considerable (sino mayoritaria) de los gobernadores y de la población de los territorios que atravesaría.

Pero hace unos días, el nuevo gobiernode Canadá, y en manos de los liberales desde octubre, anunció que incluye cinco nuevos criterios para guiar la decisión de si aprobar o no la construcción de estos dos oleoductos. Los nuevos criterios incluyen una evaluación del incremento de emisiones de gases de efecto invernadero que supondría su ejecución, así como diferentes mecanismos para escuchar y hacer partícipes en la decisión a las comunidades indígenas afectadas y a la sociedad civil.

Estos nuevos criterios suponen una clara victoria política para frenar la expansión de las arenas bituminosas. En primer lugar, porque implica cómo mínimo alargar el proceso e incrementa la incertidumbre sobre su construcción, y en segundo lugar porque se abren mecanismos para que efectivamente pueda negarse su aprobación. Teniendo en cuenta las enormes tensiones financieras que sufren muchas grandes petroleras como consecuencia de los bajos precios del petróleo, y el antecedente del veto al oleoducto Keystone, esta decisión puede suponer la estocada final a la confianza de los inversores y por tanto el final de su explotación.

Esperemos que así sea, y mientras tanto celebremos esta nueva victoria del movimiento ecologista.