Hoy nos hemos encontrado de nuevo con el viejo argumento que la industria de los transgénicos viene utilizando desde siempre: que los transgénicos son la solución al hambre en el mundo y a otros problemas nutricionales. Pero, desafortunadamente, no existe una solución mágica al hambre y desde luego los cultivos transgénicos no son esa solución, tal como ha quedado patente en los últimos veinte años. Su historia sí ha demostrado otra cosa: que son un auténtico fracaso.

En el mundo hay alimentos suficientes para todas las personas y el hambre es una cuestión compleja pero que en parte reside en la mala distribución de los alimentos. Basta pensar que el 30% de los alimentos producidos en el mundo terminan en la basura. Solo con esto tendríamos lo suficiente para alimentar a todas las personas que habitan la Tierra hoy en día y los que podremos llegar a ser en 2050 (sin intensificar más la agricultura y sin utilizar cultivos transgénicos), si es que antes no nos cargamos este precioso Planeta. Por otro lado, es importante recordar que el 75% de la superficie agrícola mundial se destina a pastos para ganado, a producir piensos para estos animales y biocombustibles, no a producir alimentos directos para los seres humanos. Algo va muy mal en el sistema agroalimentario predominante donde imperan los intereses económicos y no el interés general.

Los defensores de los transgénicos llevan años machacando con el mismo argumento y mientras las promesas no se cumplen y se invierten años y millones y millones de euros en investigación en transgénicos, las verdaderas soluciones ya se están poniendo en marcha en muchas partes del mundo, sencillamente porque la seguridad alimentaria no puede seguir esperando eternamente.

En los últimos años, los defensores de los transgénicos han perdido varias batallas: han visto cómo Europa ha cerrado sus puertas a este tipo de cultivos (17 países y cuatro regiones de otros dos han prohibido el único cultivo autorizado en la UE), y cómo, incluso en los pocos países que los cultivan, ha decaido la superficie dedicada. De hecho, sólo 5 países a nivel mundial los cultivan a gran escala y ocupan el 3% de la superficie agraria mundial.

También han visto cómo el año pasado por primera vez la superficie cultivada con transgénicos a nivel mundial decrecía y ahora comprueban cómo en EEUU, principal país donde se cultivan transgénicos, la movilización en contra no para de crecer, con empresas que se comprometen a no utilizar este tipo de ingredientes.

Incluso se podría aprobar en uno de los estados una legislación sobre etiquetado de alimentos con transgénicos (un derecho que viene siendo negado a los estadounidenses desde siempre, parece que la información y la transparencia no le gusta a la industria de los transgénicos y prefieren que el consumidor no tenga la capacidad de elegir).

No es por lo tanto casualidad que en el período previo a esta importante decisión sobre el etiquetado de alimentos transgénicos en el estado norteamericano de Vermont, de nuevo se utilice la bandera de los transgénicos que ha sido siempre el “arroz dorado”, un icono de los grupos de presión pro transgénicos con el cual se ha pretendido siempre allanar el camino para la aprobación mundial de otros cultivos transgénicos más rentables.

Esta vez los defensores de los transgénicos se han movilizado de nuevo e incluso han conseguido el apoyo de más de 100 premios nobel.

Pero, el “arroz dorado”, tras más de veinte años de infructíferas investigaciones, sigue sin estar disponible para comercialización. Es más, el propio Instituto que lo está desarrollando ha afirmado que aún no se ha demostrado que la ingesta diaria de “arroz dorado” pueda hacer frente a la deficiencia de vitamina A y por lo tanto a los problemas de salud derivados de su carencia, como la ceguera. Y la culpa de que aún no se esté comercializando no es, desde luego, de los ecologistas.

Consideramos que es inmoral seguir jugando con las emociones de las personas y extender un argumento tan falso como que los transgénicos sean la solución al hambre y a otros problemas nutricionales.

Para finalizar, recordamos que Greenpeace no se opone a la biotecnología (por ejemplo apoyamos a la selección asistida por marcadores) ni a la investigación y uso de transgénicos siempre y cuando se haga en ambientes confinados y sin interacción con el medio ambiente. Por ello, no nos oponemos a las aplicaciones médicas de los transgénicos, como puede ser por ejemplo la producción de insulina a partir de bacterias transgénicas.

Greenpeace si se opone a la liberación de transgénicos al medio ambiente porque los transgénicos (plantas, animales, microorganismos) son organismos vivos que pueden reproducirse, cruzarse y provocar daños irreversibles en la biodiversidad y los ecosistemas. Por otro lado, la seguridad a largo plazo de los alimentos transgénicos para los humanos y los animales sigue siendo desconocida y no existe un consenso científico sobre su seguridad. Creo que tenemos razones de sobra para seguir oponiéndonos y para seguir defendiendo con todas nuestras fuerzas la agricultura ecológica, la única solución de futuro.