Imagen del barco Arctic Sunrise/ Pedro ArmestreDespués de superar los mareos típicos de las personas aposentadas en el continente, me voy haciendo al ritmo de la vida en el barco. Un ritmo pausado y constante, con su particular cadencia, su distinta forma de juzgar a cada momento qué es importante y qué es urgente.


Mi trabajo no es muy complicado, ayudando al cocinero del barco. “El único trabajo del barco en el que te juzgan dos veces al día”. Dice entre risas el cocinero. Pelando patatas y cortando las verduras en juliana canturreo al ritmo del reggie argentino. Son horas entre fogones y congeladores, aprendiendo cómo aprovechar al máximo los recursos disponibles en la despensa, inventando y creando para el disfrute de la tripulación. Voy tomando nota de los trucos del cocinero para aprovecharlos yo en el futuro.

 

Cuando estoy fuera de cocina, disfruto con los atardeceres del mar, las danzas de las gaviotas sobre las olas y el intercambio de vivencias de los marineros. Sus anécdotas en diferentes partes del mundo nutren mi imaginación. Paso del inglés al español constantemente, puesto que hay un amplio número de hispanohablantes a bordo. Las largas tardes son tranquilas. Aprovechamos para hacer balance, descansar, leer, ver películas y hablar de nuestras aburridas vidas en tierra.

Por la noche, cuando el temporal lo permite, disfruto de nuevo con un cielo preñado de estrellas como nunca jamás se ha visto desde tierra. Ayer no fue el caso. Camino de Mallorca el barco se balanceó como una atracción de feria fuera de control. Sin embargo, por la mañana llegamos a Mallorca y todo un nuevo mundo se abre ante ti.

En la ciudad todo son prisas. En la ciudad no hay horizontes. En la ciudad nunca miramos hacia las estrellas. No solemos pararnos a pensar lo bello que es este planeta. Nuestro paseo de sobremesa por los alrededores del puerto nos lleva a unos cuantos hasta un café. Noto cómo todavía llevamos el ritmo del barco. Miro a mi alrededor y todos van con prisas. Ni siquiera tomando el café se les ve relajados. Y entonces pienso: “La mayoría de las veces yo también debo ser así”. Seguro que cuando vuelva a casa esta experiencia me habrá aportado una nueva visión de la vida.

Sonia Bonaza, voluntaria de Greenpeace a bordo del Arctic Sunrise.


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